02/11/2008

Las invasiones bárbaras

Dos de los conceptos más controvertidos que occidente ha inventado son los de barbarie y civilización (entendido éste último también como cultura). Ambos conceptos comparten tanto una interpretación relativa lo mismo que otra absoluta. Desde el anquilosante etnocentrismo europeo, bárbaro es todo aquel ser humano que no se comporta como nosotros, que es diferente, que no ha conseguido nuestro elevado refinamiento vital. El bárbaro es un peligro para nuestro modo de vivir, es nuestra mayor amenaza; no sólo nos despreciará sino que si consigue traspasar nuestras fronteras arrasará con todo aquello que nuestro esfuerzo ha conseguido levantar. En contrapartida, el civilizado, el hombre culto, será aquel que ha cultivado su espíritu, que ha aprendido que la civitas es el medio natural en donde el ser humano podrá desarrollar sus capacidades, en donde los frutos de la genialidad humana (arte, técnica, ciencia) podrán encontrar una tierra propicia para germinar. En este sentido absoluto, bárbaros y civilizados son dos conceptos antagónicos y condenados a no entenderse. Ahora bien, estos conceptos también pueden ser entendidos desde un enfoque relativo. El bárbaro es el que no habla mi lengua, por lo que yo también seré un bárbaro para él. El bárbaro es el que está más allá de la línea de mi frontera, lo cual significa que lo que hay más allá de la misma es su territorio, y que la frontera no sólo es mía. La frontera tiene dos vertientes, la de ellos y la nuestra; no hay un dentro y un afuera. Por su parte, el concepto de civilización o cultura deja de ser sinónimo de cultivo para adquirir un cariz antropológico. No hay civilización sino civilizaciones, y la cultura no es un camino único, sino que cada civilización tiene su cultura. Desde este sentido las civilizaciones no tienen por qué estar enfrentadas antagónicamente, todas son respetables. Pero también desde este punto de vista caemos en el relativismo: todas las culturas son válidas siempre y cuando no se extiendan más allá de sus fronteras. La única máxima moral que podemos seguir entonces es el cartesiano principio de «obedecer las leyes y costumbres de mi país, conservando con constancia la religión en la que Dios me ha concedido la gracia de ser instrumento desde mi infancia y rigiéndome en todo lo demás con arreglo a las opiniones más moderadas y más alejadas del exceso». Cada uno en su casa y Dios en la de todos; donde vayas lo que veas hagas.

Ahora bien, tanto la visión absoluta como la relativa pueden ser superadas desde una visión humanista de corte ilustrado, tal y como el reciente premio Príncipe de Asturias Tzvetan Todorov nos muestra en su libro El miedo a los bárbaros. Bárbaro puede ser todo aquel que no trata al ser humano como tal; serían aquellos que no reconocen la humanidad de los que tienen enfrente. Civilizado, por el contrario es aquel espécimen que se muestra propenso al diálogo y no a la guerra, que reconoce la valía de la persona y no la instrumentaliza, que prefiere trabajar en conjunto por un bien y un fin mayor que su propia vida, buscando la universalidad, en vez de centrar toda su existencia en el reducido cenobio de sus propias ideas e intereses. Todos somos bárbaros y todos somos civilizados. Pero hay un factor que nos hace propensos a la barbarie: el miedo. «El miedo a convertirnos en bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros. Y el mal que haremos será mayor que el que temíamos al principio. La historia nos lo enseña: el remedio puede ser peor que la enfermedad. Los totalitarismos se presentaron como un remedio para curar los errores de la sociedad burguesa, pero engendraron un mundo más peligroso que el combatían».

En este sentido, las invasiones bárbaras son el máximo peligro de nuestra época, y no porque los que están fuera de nuestras fronteras puedan venir a hundir las torres de nuestros centros financieros. Las invasiones bárbaras pueden tener lugar dentro del seno de nuestras sociedades porque el miedo nos puede convertir en bárbaros, incapaces de reconocer a los hombres como seres humanos. Tal y como Todorov nos advierte, «el miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros. El miedo se convierte en peligro para quienes lo sienten, y por ello no hay que permitir que desempeñe el papel de pasión dominante. Todavía estamos a tiempo de cambiar de orientación».

3 comentarios:

Martha Colmenares dijo...

Muy interesante tu entrada. Pasaba para actualizarme.
Abrazos

EL CRONOLATRA dijo...

Muchas gracias blogservador por esta entrada tan interesante.
Tu comentario me lleva a pensar que, por una parte, en el concepto de persona, como "Otro" indisponible, realidad límite inmanipulable y no construida ypor otra en una configuración cordial de la razón nos jugamos gran parte de nuestro futuro mundializado en convivencia fecunda.
Desde ahí podríamos, más fácilmente, olvidar el viejo hábito de "sutancializar" las culturas y fronteras en vez de sustantivizarlas como conjuntos de notas en constante apertura (Cf.Zubiri).

SALUDOS Y GRACIAS.

El blogservador dijo...

Muchas gracias por vuestros comentarios, amigos míos. Por cierto Martha, me alegra mucho verte por este blog. Sé bienvenida.