
No imaginaba que mi anterior entrada pudiese generar el debate que ha generado. Por ello, y en tono muy provocador, lanzo un nuevo tema también protagonizado por dos grandes pensadores: Jürgen Habermas y Peter Sloterdijk.
Entre julio y diciembre de 1999 la filosofía alemana vivió un encendido debate a propósito de los usos de la biotecnología genética y el futuro del humanismo. El alcance del debate fue enorme y su notoriedad trascendió con mucho las paredes de las universidades y de los congresos académicos en que se originó para convertirse en un debate filosófico de dimensión europea. Jürgen Habermas y Peter Sloterdijk han quedado como los principales representantes de dos posiciones filosóficas radicalmente enfrentadas en torno a los usos de las nuevas técnicas de manipulación genética.
Sloterdijk con su ya famoso librito Normas para el parque humano partía de una constatación a su juicio incuestionable: la muerte del humanismo literario. Ya no era posible —según Sloterdijk— considerar la cultura literaria humanística como un modo eficaz de atajar y conjurar la barbarie que ha caracterizado desde sus orígenes a la especie humana. Sloterdijk, apoyándose en Platón, Nietzsche y Heidegger, apostaba por un futuro no muy lejano en que las biotecnologías —lo que él denominaba “antropotécnicas”— consiguieran lo que la educación humanística no había logrado en más de cinco siglos de cultura libresca: estrechar los lazos entre los seres humanos y crear comunidades que puedan proponer modelos educativos que muestren un ideal de lo humano. El fondo de su argumentación era sencillo: se trataría de no cerrar el camino a un futuro posible en el que las técnicas de selección genética de la especie nos permitieran lograr por vía científica lo que la cultura literaria ha venido persiguiendo con poco éxito desde siempre: hacer mejores a los seres humanos.
Frente a esas ideas Habermas reaccionó con un libro titulado El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal? En él Habermas criticaba las “ocurrencias” de Sloterdijk y alertaba de los peligros que un uso irreflexivo de las biotecnologías podría tener para una sociedad democrática. En las democracias liberales damos por supuesto que es sólo el propio individuo quien tiene derecho a elegir para sí mismo el tipo de existencia a la que aspira. Y sin embargo, esa irreductible libertad de cada individuo para configurar un “sí mismo” propio podría verse gravemente afectada en el caso de que terceros intervengan a la hora de seleccionar positivamente ciertas características fenotípicas que descansan en la información genética del embrión. Esa libertad queda igualmente comprometida tanto da si esos terceros resultan ser los padres, en el caso de una opción por la eugenesia liberal, o el Estado en el caso de una eugenesia de carácter totalitario). Como dice Habermas, cuando damos el paso de la eugenesia negativa (evitadora de enfermedades) a la eugenesia positiva (es decir, a aquella que selecciona o descarta los embriones en función de su adecuación a los deseos o intenciones de terceros) con ello coartamos “específicamente la libertad [del futuro ser] para elegir una vida propia”y nos enfrentamos a la “inquietante” perspectiva de que “hagamos por otros una distinción tan rica en consecuencias entre una vida que merece vivirse y una vida que no merece vivirse”.
Por supuesto, el debate sigue en pie y promete ser una de las cuestiones decisivas a las que ha de enfrentarse la bioética en este siglo XXI. El alcance antropológico del problema es fácilmente comprensible cuando pensamos que involucra ni más ni menos la posibilidad de que la unidad de la especie humana se mantenga o desaparezca para siempre como resultado del impulso en direcciones diferentes que ciertos individuos o comunidades podrían llevar a cabo en su deseo de autooptimización eugenésica. La complejidad del asunto es asimismo considerable dado que supone valorar cuestiones fácticas (relativas a las posibilidades actuales o futuras de la tecnología), además de cuestiones éticas, jurídicas y políticas.
Sin embargo, y a pesar de todas estas consideraciones, voy a ser un tanto provocador (a la vez que asquerosamente conservador) y voy a cuestionar si no sería mejor para la humanidad el que condicionemos la existencia de generaciones futuras por medio de la intervención intencional en su dotación genética, en vez de plantear estériles debates éticos. ¿No tendríamos una sociedad más justa si la dotación genética de los individuos (y, por tanto, sus capacidades) no estuviesen ya regida por el azar de los encuentros sexuales entre hombre y mujer sino por el acceso a las tecnologías reproductivas reguladas por la lógica del mercado libre y por las intenciones de terceros? ¿No nos acercaría infinitamente más estas intervenciones al sueño occidental de la platónica ciudad perfecta regida por su filósofo-rey? Claro, que ante tamaña afirmación queda una decisiva cuestión ¿a quién nombramos filósofo-rey?
Entre julio y diciembre de 1999 la filosofía alemana vivió un encendido debate a propósito de los usos de la biotecnología genética y el futuro del humanismo. El alcance del debate fue enorme y su notoriedad trascendió con mucho las paredes de las universidades y de los congresos académicos en que se originó para convertirse en un debate filosófico de dimensión europea. Jürgen Habermas y Peter Sloterdijk han quedado como los principales representantes de dos posiciones filosóficas radicalmente enfrentadas en torno a los usos de las nuevas técnicas de manipulación genética.
Sloterdijk con su ya famoso librito Normas para el parque humano partía de una constatación a su juicio incuestionable: la muerte del humanismo literario. Ya no era posible —según Sloterdijk— considerar la cultura literaria humanística como un modo eficaz de atajar y conjurar la barbarie que ha caracterizado desde sus orígenes a la especie humana. Sloterdijk, apoyándose en Platón, Nietzsche y Heidegger, apostaba por un futuro no muy lejano en que las biotecnologías —lo que él denominaba “antropotécnicas”— consiguieran lo que la educación humanística no había logrado en más de cinco siglos de cultura libresca: estrechar los lazos entre los seres humanos y crear comunidades que puedan proponer modelos educativos que muestren un ideal de lo humano. El fondo de su argumentación era sencillo: se trataría de no cerrar el camino a un futuro posible en el que las técnicas de selección genética de la especie nos permitieran lograr por vía científica lo que la cultura literaria ha venido persiguiendo con poco éxito desde siempre: hacer mejores a los seres humanos.
Frente a esas ideas Habermas reaccionó con un libro titulado El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal? En él Habermas criticaba las “ocurrencias” de Sloterdijk y alertaba de los peligros que un uso irreflexivo de las biotecnologías podría tener para una sociedad democrática. En las democracias liberales damos por supuesto que es sólo el propio individuo quien tiene derecho a elegir para sí mismo el tipo de existencia a la que aspira. Y sin embargo, esa irreductible libertad de cada individuo para configurar un “sí mismo” propio podría verse gravemente afectada en el caso de que terceros intervengan a la hora de seleccionar positivamente ciertas características fenotípicas que descansan en la información genética del embrión. Esa libertad queda igualmente comprometida tanto da si esos terceros resultan ser los padres, en el caso de una opción por la eugenesia liberal, o el Estado en el caso de una eugenesia de carácter totalitario). Como dice Habermas, cuando damos el paso de la eugenesia negativa (evitadora de enfermedades) a la eugenesia positiva (es decir, a aquella que selecciona o descarta los embriones en función de su adecuación a los deseos o intenciones de terceros) con ello coartamos “específicamente la libertad [del futuro ser] para elegir una vida propia”y nos enfrentamos a la “inquietante” perspectiva de que “hagamos por otros una distinción tan rica en consecuencias entre una vida que merece vivirse y una vida que no merece vivirse”.
Por supuesto, el debate sigue en pie y promete ser una de las cuestiones decisivas a las que ha de enfrentarse la bioética en este siglo XXI. El alcance antropológico del problema es fácilmente comprensible cuando pensamos que involucra ni más ni menos la posibilidad de que la unidad de la especie humana se mantenga o desaparezca para siempre como resultado del impulso en direcciones diferentes que ciertos individuos o comunidades podrían llevar a cabo en su deseo de autooptimización eugenésica. La complejidad del asunto es asimismo considerable dado que supone valorar cuestiones fácticas (relativas a las posibilidades actuales o futuras de la tecnología), además de cuestiones éticas, jurídicas y políticas.
Sin embargo, y a pesar de todas estas consideraciones, voy a ser un tanto provocador (a la vez que asquerosamente conservador) y voy a cuestionar si no sería mejor para la humanidad el que condicionemos la existencia de generaciones futuras por medio de la intervención intencional en su dotación genética, en vez de plantear estériles debates éticos. ¿No tendríamos una sociedad más justa si la dotación genética de los individuos (y, por tanto, sus capacidades) no estuviesen ya regida por el azar de los encuentros sexuales entre hombre y mujer sino por el acceso a las tecnologías reproductivas reguladas por la lógica del mercado libre y por las intenciones de terceros? ¿No nos acercaría infinitamente más estas intervenciones al sueño occidental de la platónica ciudad perfecta regida por su filósofo-rey? Claro, que ante tamaña afirmación queda una decisiva cuestión ¿a quién nombramos filósofo-rey?


4 comentarios:
Yo no he leído ni una sola frase de Sloterdijk ni de Habermas (el nombre de éste señor por lo menos me suena). No es que me sienta orgulloso de mi ignorancia, sólo constato un hecho que creo deben conocer los demás lectores del blog.
Pero a pesar de no ser un entendido en filosofia, he visto algunas películas (“la naranja mecánica”) y leído algunos libros (“Un mundo feliz”) que le hacen a uno pensar sobre ciertas cosas.
¿Se puede decir que el protagonista de la película sea "bueno" después del "tratamiento"?¿Se puede decir que los personajes del libro sean felices?¿Se puede decir que el agua tiene forma de botella por estar dentro de una? Si se libera el agua de la botella ya no tendra esta forma, si se libera al hombre podrá ser “malo” y estar triste.
El blogservador se pregunta si una situación descrita por Sloterdijk no sería más justa. Recordemos el símbolo de la justicia: una balanza equilibrada. Si quitamos uno de los dos platos la balanza no está equilibrada, ¡simplemente no hay balanza!
Pero este no es el debate que se plantea, la cuestión es si es más importante el “bienestar colectivo” que la “libertad individual”.
Primero creo que tendríamos que definir el término “bienestar colectivo”.
Si no recuerdo mal mis lecciones de primero de Bachillerato (¡hay qué ver cómo passa el timepo!), según Rousseau, la “voluntad colectiva” (no recuerdo si era éste el término exacto) no era la suma de voluntades individuales, sinó aquellas voluntades comunes en todos los hombres.
¿Se podría transladar la definición de “voluntad colectiva” a “bienestar colectivo”?
Imaginemos que viajan en un globo seis personas. De repente el globo empieza a perder altura hacia el mar. Los viajeros empiezan a lanzar todos los objetos pesantes que hay en el globo en vano, así que sólo queda una solución: uno de ellos ha de abandonar el globo. Un verdadero héroe, pensando en salvar la vida de los demás decide lanzarse al vacío (“bienestar individual”) para salvar la vida de sus compañeros (“bienestar colectivo”).
Es más, no hace falta imaginar situaciones hipotéticas y rebuscadas. Observemos a esos pequeños insectos que abundan en el mundo y en nuestras casas (especialmente donde hay comida): las hormigas. Éstas son capaces de sacrificarse defendiendo su hormiguero o construyendo un puente, hecho con ellas mismas, para cruzar un pequeño riachuelo. Sacrifican su bienestar (más que eso, su vida) en favor del “bienestar colectivo”.
No cabe duda de que, en ambos casos nos encontramos en situaciones heróicas. Pero volviendo al primer caso. ¿Y si en vez de lanzarse el viajero voluntariamente, es empujado por sus compañeros? ¿No nos encontramos ante la misma situación? Bienestar individual en pro del bienestar colectivo. ¿Por qué nos parecerían entonces unos monstruos los demás viajeros?
En ésta última situación incluso hay quien diría: yo también lo hubiese hecho. Ésto es porque no ha visto el fondo de la situación.
Imaginemos una situación de hambruna en el mundo. ¿Por qué no exterminamos a unos pocos millones de personas (1000 millones de personas, por ejemplo) para salvar al resto (¡5000 millones de personas!)? En ambos casos las estadísticas coinciden: ¡sacrificamos a 1/6 para salvar a 5/6! Quien pensase semejante salvajada nos parecería un genocida sin escrúpulos ni corazón (y estaríamos en lo cierto según mi humilde opinión).
Así pues, ¿que diferencia hay entre unos casos y otros? ¡Es delgada la línea que los separa! La diferencia es una cuestión de alternativas, según mi parecer.
En el caso de las hormigas no hay alternativas. Ellas sólo conocen un modo de cruzar el riachuelo (¡lástima que no haya hormigas-ingeniero!).
Pero los hombres, cosas del azar, estamos dotados de una herramienta sin igual: ¡la inteligencia! Podemos (y debemos) buscar alternativas.
En el caso del globo: sea el caso de que no quede otra elección que alguien se lance al vacío, ¿no sería más justo que se eligiese a suertes por ejemplo? En el caso de la hambruna: existen muchísimas alternativas: un mejor repartimiento del alimento, plantaciones trangénicas, etc.
Hasta aquí hemos estado comparando el “bienestar colectivo” al “individual”, pero el debate era respecto a la “libertad individual”.
Sloterdijk i Habermas hablan de la modificación genética del individuo para hacerlo por “naturaleza” en un individuo bueno para la sociedad. Puesto que se modificarian genéticamente todos los individuos, ya no sería una modificación individual, sinó una modificación universal. Por tanto, eliminaríamos también al “libertad colectiva”. ¡Estaríamos en una situación sin ningún tipo de libertad!
¿Qué relación hay entre libertad y voluntad? Sencilla pregunta. La voluntad está por encima de la libertad. No puede existir la libertad sin voluntad.
Ahora nos vemos en una situación en la que ya no ha batalla, sólo existe el “bienestar colectivo”. Y pregunto yo, ¿no será bueno para la sociedad lo que ésta decida que es bueno para ella? Es decir, ¿no eligirá la “voluntad colectiva” (puesto que es voluntad es libre) lo que es el “bienestar colectivo”? Pero en ésta situación en la que no hay ningún tipo de libertad, ¿quién elige el bienestar? ¡Qué gran contradicción!¡Tampoco hay lugar para el bienestar en esta situación!
Vemos así que el “bienestar colectivo” está sujeto a la “libertad colectiva”, pero la “libertad colectiva” está sujeta a la vez por la “libertad individual”. Aplicando el silogismo hipotético: el “bienestar colectivo” está sujeto a la “libertad individual”.
Transformando un poco las premisas para adaptarlas a lógica de enunciados, podríamos decir que si existe el “bienestar colectivo” es porqué existe la “libertad colectiva” (P1). Y si existe la “libertad colectiva” es porqué existe “la libertad individual” (P2). Formalizamos:
B = Existe bienestar colectivo.
V = Existe voluntad colectiva.
v = Existe voluntad individual.
P1: B -> V
P2: V -> v
C: B -> v
Y por transposición... ¡Voilá!:
C: ¬v -> ¬B
PD: ¿Debería haberme metido a filosofía? XDDD.
Saludos!
Un comentario lamentable
No, rotundamente no debería haberse metido a filosofía... En ese comentario veo mucha grandilocuencia y muchas palabras que suenan muy bien, pero no estoy para nada de acuerdo con el fondo del asunto, que no es más que una extrapolación del tema que se está tratando a fin de justificar una posición que a algunos nos parecería, cuanto menos, un tanto restrictiva.
Además del hecho de haber puesto unos ejemplos un tanto aberrantes. y el de las hormigas incorrecto de principio a fin: no se puede comparar a una hormiga que se sacrifica porque no le queda alternativa, dominada por su instinto, con un ser humano dotado de la capacidad de elegir.
Y coincido con el comentario de encima...
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